miércoles, 11 de mayo de 2011

LA CARTA DE LA TRAICIÓN

LA CARTA DE LA TRAICIÓN[1]

Esta es la carta abierta con la que Mariano Ignacio Prado, el fundador de una de las dinastías conservadores más cruciales del Perú, intenta justificar su salida del país en plena guerra con Chile. Prado abandona subrepticiamente la presidencia del Perú el 18 de diciembre de 1879, cuando ya se han producido decisivas derrotas en el frente del sur y se han perdido el Huáscar y la Independencia, las dos únicas naves que podían enfrentarse con relativo éxito a la flota chilena. En estas líneas vergonzosas Prado intenta decir que su presencia no es necesaria, que todo lo que hace puede hacerlo su vice presidente y que se va a Europa a conseguir – no lo dice explícitamente pero lo da a entender – la armada que nos hará invencibles y que los gobiernos de Balta, Pardo y del mismo Prado se habían negado a reforzar: cuando la guerra estalla la flota naval peruana es la que había mandado construir Pezet y ya tenía quince años de antigüedad. El cauto Jorge Basadre condena la huida de Prado. Hasta su ministro de hacienda, Químper, se opuso en su momento a ella. Y “El Comercio” escribe esto al día siguiente de conocerse el hecho: “El general Prado es uno de los hombres menos a propósito para desempeñar la comisión que sirve de pretexto al abandono que hace del país en estas circunstancias: no brilla, ciertamente, por su talento; carece de ilustración; no posee otro idioma que el castellano; y sus relaciones personales en Europa se encierran dentro del estrecho círculo de los peruanos allí residentes… Pero es inútil que nos esforcemos en probar lo que no necesita prueba alguna: el viaje del general Prado no significa otra cosa que una vergonzosa deserción…” (Edición del 19 de diciembre de 1879). En 1881, los pradistas contumaces trataron de decir que don Mariano Ignacio Prado lo que quería en realidad era traer, desde astilleros estadounidenses, el blindado “Stevens Battery”, con blindaje de 18 pulgadas en la torre y 10 en el casco, cañones de a mil y 16 millas de autonomía. Dijeron – allí está el libro de Luis Humberto Delgado, apologista de Prado, para probarlo – que los armadores del “Stevens Battery” habían prometido “ponerlo en el Callao en marzo de 1880, en donde debería ser colocada la artillería, pues no se podría sacar armado de los Estados Unidos”. La fabulación salta a la vista: Estados Unidos demostró, desde el comienzo, o neutralidad absoluta o eventuales simpatías por la causa de Chile, lo que hubiera hecho imposible una operación como la descrita; el Callao estaba bloqueado desde la derrota de Angamos y pensar que un barco que iba a decidir la paridad de las fuerzas podía llegar tranquilamente y ser artillado a la vista y paciencia del enemigo resultaba más tonto que iluso. Cuando Prado huye del Perú, además, la única posibilidad de arribo de armas y pertrechos era el istmo de Panamá, donde diplomáticos chilenos supervisaban, con éxito, la neutralidad de Colombia. La de Prado, en suma, es la historia de una traición. La vieja derecha peruana, heredera directa de esas miserias, se ha encargado de que los peruanos no la conozcan.

            Carta circular del general Mariano Ignacio Prado
            A bordo del Paita, Guayaquil, diciembre 22 de 1879
            Estimable amigo:
            Supongo que mi intempestiva salida de Lima haya dado lugar a comentarios de todo género, y no dudo que principalmente los espíritus estrechos se hayan entregado a las apreciaciones apasionadas, sin exceptuar las más desfavorables persiguiendo el propósito de no cumplirme justicia jamás y sin darse la pena de reconocer mi espíritu y mis trabajos durante el tiempo que sirvo al país. Pero, tratándose del bien de la República, me sobrepongo a todo, importándome poco el momentáneo sacrificio de mi reputación y mi nombre, desde que me asisten el convencimiento de proceder bien y la esperanza de que después los elevaré a gran altura.
           
Si algunos pudieran atribuir a mi marcha reservada un fin mezquino, bastaríales ver que dejo allí a mi familia entregada sólo al amparo de la Providencia, para persuadirse que únicamente un fin grandioso ha podido moverme a realizar este viaje, cuya reserva y motivos ha llegado la ocasión de explicar.

            Nadie ignora que mientras carezca el país de poderosos elementos navales que siquiera equilibren los recursos marítimos del enemigo, la campaña terrestre tiene que ser para nosotros muy lenta, costosa y difícil.

            Por las últimas comunicaciones venidas de Europa, veíamos con sentimientos que, debido en gran parte a competencias y rivalidades de nuestros comisionados, nada se podía hacer ni conseguir respecto a la adquisición de buques. Ese antagonismo había hecho estériles hasta la fecha los más patrióticos y vehementes deseos del gobierno y del pueblo.

            Naturalmente, comprendiendo la delicadísima situación, que en su gravedad demandaba urgentemente medidas heroicas, me resolví a venir, y para ello tuve en cuenta las siguientes consideraciones:
           
1°.- Que mi presencia allí y lo que tenía que hacer no era tan esencial que no pudiera ser reemplazado por la del Vice-Presidente, al paso que mi venida era de la mayor importancia, porque lo que yo no hiciera no lo haría ningún otro.

            2°.- Que no debía omitir esfuerzo ni sacrificio alguno para conseguir los elementos que necesitamos, mucho más no habiéndose hasta hoy y pudiendo acaso conseguirlo yo, usando de mi alta representación, plenas facultades y relaciones personales.

            3°.- La oportunidad de poder reunir las personas y recursos para subordinarlos todos a mi voluntad a fin de alcanzar el objeto que me propongo; y

            4°.- La de que con mi venida nada se arriesgaba ni se perdía gran cosa, siendo así que ella podría proporcionarnos lo que hace tiempo necesitamos para contrarrestar y vencer al enemigo.

            Si a todo esto se agrega la necesidad de entregar a nuestros acreedores el guano y el salitre antes de que los chilenos se apoderen de ellos y los exploten, se comprenderá la absoluta necesidad de mi venida.

            Y me decidí a salir guardando reserva.

            1°.- Para evitar en lo posible que lo supiese el enemigo, cuyos buques surcaban nuestras aguas del Norte, dos de los cuales detuvieron este vapor por algunas horas después que salimos del Callao.

            2°.- Para evitar discusiones y opiniones, cuyo resultado, en la excitación en que los ánimos se encuentran, hubieran sido contrarios a mi marcha y originar burlas y escándalos.

            He aquí ligeramente explicados los motivos de mi viaje y las causas del sigilo con que lo he realizado. Si él responde a mi fe y a mi decisión, nada me será más satisfactorio que traer algo para hundirme en el mar u ofrecer al Perú la más espléndida victoria.

            No deja de ser admirable la religiosidad con que han guardado el secreto de mi viaje las personas que lo conocían; y esto me consuela mucho porque trae a mi ánimo el convencimiento de que, pensando con cordura, todos han estimado como una necesidad premiosa a mi salida y el logro de los altos fines que la inspiraron.

            Sin tiempo para más y deseándole prefecta salud, tengo el gusto de repetirme de Ud. afectísimo amigo y S.S.

            Prado.
               


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2011      “La carta de la traición”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 49, p. 19.

domingo, 8 de mayo de 2011

HO CHI MINH LE RESPONDE A JOHNSON

HO CHI MINH LE RESPONDE A JOHNSON[1]

Dos años y medio antes de morir, Ho Chi Minh, el fundador del Vietnam moderno, le escribe esta carta al presidente de los Estados Unidos, Lyndon Johnson. Es el año 1967 y las fuerzas aéreas norteamericanas ya han destruido cientos de miles de vidas, millones de hectáreas de agricultura y buena parte de la infraestructura de Vietnam del Norte. Sorprende la serena firmeza con la que el líder de la resistencia vietnamita le contesta a Johnson una propuesta para comenzar un ciclo de conversaciones de paz. Vietnam perdió a unos tres millones de sus habitantes en una guerra despiadada, particularmente criminal y manifiestamente inútil impuesta por el imperialismo estadounidense, que desconoció los acuerdos de 1954, los que estipulaban que el destino del sur vietnamita debía decidirse en elecciones supervisadas internacionalmente. Vietnam derrotó a los Estados Unidos y la paz victoriosa llegaría recién en 1973, con la firma del alto al fuego, la promesa de la retirada en 60 días de las tropas estadounidenses y el primer intercambio de prisioneros. Dos años después, el 30 de abril de 1975, Vietnam del Norte recuperó el sur y unificó el país. El presidente de los vietnamitas del sur, Nguyen Van Thieu, había huido nueve días antes con rumbo a Taiwán. Después se establecería en Boston, Estados Unidos.

            A su excelencia Lyndon B. Johnson
            Presidente de los Estados Unidos de América
            Excelencia:
            Recibí su mensaje el día 10 de febrero de 1967. Ésta es mi respuesta.

            Vietnam se encuentra a miles de kilómetros de Estados Unidos. Los vietnamitas nunca han hecho ningún daño a EE.UU., pero EE.UU. ha intervenido de forma continuada en Vietnam, en abierta contradicción con las promesas realizadas por su representante en la Conferencia de Ginebra de 1954, y ha intensificado la agresión militar contra Vietnam del Norte para prolongar la división de nuestro país y convertir a Vietnam del Sur en una colonia y en una base militar. Desde hace años, el gobierno de Estados Unidos mantiene una guerra contra la República Democrática de Vietnam, un país independiente y soberano, con el apoyo de sus fuerzas aéreas y navales.

            El ejército de Estados Unidos ha cometido crímenes de guerra, crímenes contra la paz y contra la humanidad. En Vietnam del Sur, medio millón de soldados de EE.UU. y de sus aliados utilizan el armamento más inhumano y las estrategias militares más bárbaras posibles. Usan napalm, armas químicas tóxicas y gas para masacrar a nuestros compatriotas, destruir las cosechas y arrasar pueblos enteros. Miles de aviones de EE.UU. han arrojado cientos de miles de toneladas de bombas sobre Vietnam del Norte, destruyendo ciudades, pueblos, industrias y colegios.

            En su mensaje parece lamentar el sufrimiento y la destrucción que sufre Vietnam. Permítame entonces que le pregunte quién ha cometido esos monstruosos delitos. Ha sido Estados Unidos y sus aliados. El gobierno de Estados Unidos es el único responsable de la gravísima situación que se vive en Vietnam.

[2] Esta fotografía, tomada por Nick Út/The Associated Press, ganó el premio World Press de 1972 y muestra, desnuda, a la niña Kim Phúc huyendo con sus hermanos y primos tras la explosión de una bomba de napalm en el poblado de Trang Bang. Kim Phúc tuvo que arrancarse sus ropas en llamas y correr desnuda, gracias a lo cual pudo sobrevivir.

La agresión militar de EE.UU. contra el pueblo de Vietnam constituye un desafío a todos los países, una amenaza para el movimiento de independencia nacional y un grave peligro para la paz en Asia y en el resto del mundo.

            Los vietnamitas aman profundamente la independencia, la libertad y la paz. Pero se han levantado como un solo hombre ante la agresión de los Estados Unidos, sin temor a los sacrificios ni a las penalidades. Están decididos a seguir resistiendo hasta conseguir la verdadera independencia, la libertad y la paz. Nuestra justa causa despierta el apoyo y un fuerte sentimiento de solidaridad entre los ciudadanos de todo el mundo, incluidos muchos sectores de la sociedad estadounidense.

            El gobierno de Estados Unidos ha desatado una guerra contra Vietnam y la agresión debe cesar. Es la única forma de restaurar la paz. El gobierno de los Estados Unidos debe detener sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam, definitiva e incondicionalmente. Debe retirar de Vietnam del Sur a todas sus tropas, propias y aliadas; reconocer al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur, y permitir que sean los ciudadanos vietnamitas quienes soluciones sus propios asuntos.

            Esta es la base de los cinco puntos que mantiene el gobierno de la República Democrática de Vietnam y Estados Unidos. Si el gobierno de EE.UU. desea realmente dialogar, debe detener en primer lugar y de forma incondicional sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam. Sólo después de un cese incondicional de los bombardeos y de todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam podrán los dos países iniciar conversaciones y dialogar sobre las cuestiones que nos afectan.

 
Los vietnamitas no se rendirán nunca ante la agresión, y no aceptarán conversaciones bajo la amenaza de las bombas.

            Nuestra causa es absolutamente justa. Sólo cabe esperar que el gobierno de Estados Unidos actúe de forma racional.

            Atentamente,
            Ho Chi Minh


[1] HIDEBRANT EN SUS TRECE
2011      “Ho Chi Minh le responde a Johnson”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 46, p. 19.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL DERECHO DE MORIR

EL DERECHO DE MORIR[1]

Este es el testamento moral que el gallego Ramón Sampedro escribió antes de morir, en enero de 1998, ingiriendo voluntariamente una dosis de cianuro preparada por Ramona Maneiro, la persona que lo acompañó durante sus últimos años. Sampedro estuvo 29 años tretapléjico a raíz de una trágica zambullida en un mar de marea baja y solicitó en varias oportunidades a las autoridades españolas el derecho a la eutanasia. Negado éste, Sampedro hizo que Ramona Maneiro grabara en una cámara de video el momento en que tomaba, sirviéndose de un sorbete, el veneno. Aun así, Ramona fue detenida por breve tiempo. Se la liberó por falta de pruebas y porque negó haber estado presente en esos momentos finales. Sólo en el 2005, cuando la acción penal estaba prescrita, confesó haber sido quien asistió a Sampedro en sus suicidio, añadiendo que se encerró en el baño de la habitación para no ver el preciso momento de la muerte de su ser querido. En el 2004, el cineasta Alejandro Amenábar dirigió la película “Mar Adentro”, inspirada en todos estos hechos.

            Señores jueces, autoridades políticas y religiosas:
            Después de las imágenes que acaban de ver, a una persona cuidando de un cuerpo atrofiado y deformado – el mío – yo les pregunto: ¿Qué significa para ustedes la dignidad? Sea cual sea la respuesta de vuestras conciencias, para mí la dignidad no es esto. ¡Esto no es vivir dignamente! Yo, igual que algunos jueces y la mayoría de las personas que aman la vida y la libertad, pienso que vivir es un derecho, no una obligación. Sin embargo, he sido obligado a soportar esta penosa situación durante veintinueve años, cuatro meses y algunos días. ¡Me niego a continuar haciéndolo por más tiempo! Aquellos de vosotros que os preguntéis: ¿Por qué morirme ahora – y de este modo – si es igual de ilegal que hace veintinueve años? Entre otras razones, porque hace veintinueve años la libertad que hoy demando no cabía en la ley. Hoy sí. Y es por tanto vuestra desidia la que me obliga a hacer lo que estoy haciendo.

            Van a cumplirse cinco años que – en mi demanda judicial – les hice la siguiente pregunta: ¿debe ser castigada la persona que ayude en mi eutanasia? Según la Constitución española – y sin ser un experto en temas jurídicos – categóricamente, NO. Pero el Tribunal competente – es decir, el Constitucional – se niega a responder. Los políticos – legisladores – responden indirectamente haciendo una chapuza jurídica en la reforma del Código Penal. Y los religiosos dan gracias a Dios porque así sea. Esto no es autoridad ética o moral. Esto es chulería política, paternalismo intolerante y fanatismo religioso.

            Yo acudí a la justicia con el fin de que mis actos no tuviesen consecuencias penales para nadie. Llevo esperando cinco años. Y como tanta desidia me parece una burla, he decidido poner fin a todo esto de la forma que considero más digna, humana y racional. Como pueden ver, a mi lado tengo un vaso de agua conteniendo una dosis de cianuro de potasio. Cuando lo beba habré renunciado – voluntariamente – a la propiedad más legítima y privada que poseo; es decir, mi cuerpo. También me habré liberado de una humillante esclavitud – la tetraplejia –. A este acto de libertad – con ayuda – le llaman ustedes cooperación de un suicidio – o suicidio asistido –. Sin embargo, yo lo considero ayuda necesaria – y humana – para ser dueño y soberano de lo único que el ser humano puede llamar realmente “Mío”, es decir, el cuerpo y lo que con él es – o está –: la vida y su conciencia.

            Pueden ustedes castigar a ese prójimo que me ha amado y fue coherente con ese amor, es decir, amándome como a sí mismo. Claro que para ello tuvo que vencer el terror psicológico a vuestra venganza – ese es todo su delito –. Además de aceptar el deber moral de hacer lo que debe, es decir, lo que menos le interesa y más le duele. Sí, pueden castigar, pero ustedes saben que es una simple venganza – legal pero no legítima –, ustedes saben que es una injusticia, ya que no les cabe la menor duda de que el único responsable de mis actos soy yo, y solamente yo. Pero si, a pesar de mis razones, deciden ejemplarizar con el castigo atemorizador, yo les aconsejo – y ruego – que hagan lo justo: córtenle al cooperador/ra los brazos y las piernas porque eso fue lo que de su persona he necesitado. La conciencia fue mía. Por tanto, míos han sido el acto y la intención de los hechos.

            Señores Jueces: negar la propiedad privada de nuestro propio ser es la más grande de las mentiras culturales. Para una cultura que sacraliza la propiedad privada de las cosas – entre ellas la tierra y el agua – es una aberración negar la propiedad más privada de todas, nuestra patria y reino personal, nuestro cuerpo, vida y conciencia, nuestro universo.

            Señores jueces, autoridades políticas y religiosas: No es que mi conciencia se halle atrapada en la deformidad de mi cuerpo atrofiado e insensible, sino en la deformidad, atrofia e insensibilidad de vuestras conciencias.

            Ramón Sampedro


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2011      “El derecho de morir”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 45, p. 23.

EINSTEIN LE SUGIERE A ROOSEVELT QUÉ HACER

EINSTEIN LE SUGIERE A ROOSEVELT QUÉ HACER[1]

La segunda guerra mundial empezó el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de la Alemania nazi a Polonia. Un mes antes del inicio de las hostilidades, sin embargo, Albert Einstein le envió esta carta al presidente de los Estados Unidos Franklin Roosevelt.

En ella le anuncia que, a partir del uranio, se podrá producir una bomba colosal basada en la reacción en cadena de los átomos de ese material radiactivo. Esto no era descabellado porque el año anterior, 1938, el genial físico italiano Enrico Fermi había obtenido el premio Nobel precisamente por haber logrado un experimento de radioactividad controlada. En 1942, cumpliéndose la predicción de Einstein, Fermi produjo, en los laboratorios de la Universidad de Chicago, la primera reacción de fisión nuclear en cadena a partir de isótopos de uranio.

La verdad es que no fue Einstein el primero en prever el espanto atómico. Ese horror le corresponde al también judío científico húngaro Leo Szilard, quien fue hasta la casa de Einstein, en Peconic, Nueva York, a advertirle del hecho de que los alemanes estaban tratando de hacerse con el uranio del Congo Belga.

                                               Albert Einstein
                        Old Grove Rd. Nassau Point Peconic, Long Island

2 de agosto de 1939
Franklin D. Roosevelt
Presidente de los Estados Unidos
White House Washington, D.C.
Señor:
            Algunos recientes trabajos de Enrico Fermi y L. Szilard, los cuales me han sido comunicados en manuscritos, me llevan a esperar, que en el futuro inmediato, el elemento uranio puede ser convertido en una nueva e importante fuente de energía. Algunos aspectos de la situación que se ha producido parecen requerir de mucha atención, y si fuera necesario, inmediata acción de parte de la Administración. Por ello creo que es mi deber llevar a su atención los siguientes hechos y recomendaciones:

            En el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable – a través del trabajo de Loiot en Francia así como de Fermi y Szilard en los Estados Unidos – el inicio de una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, por medio de la cual se generarían enormes cantidades de potencia y grandes cantidades de nuevos elementos parecidos al uranio. Ahora parece casi seguro que esto podría ser logrado en el futuro inmediato.

            Este nuevo fenómeno podría ser llevado a la construcción de bombas, y es concebible – pienso que inevitable – que puedan ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas. Una sola bomba de ese tipo, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto por completo, así como el territorio que lo rodea. Sin embargo, tales bombas podrían ser demasiado pesadas para ser transportadas por aire.

            Los Estados Unidos tiene muy pocas minas con vetas de uranio de poco valor, en cantidades moderadas. Hay muy buenas vetas en Canadá y Checoslovaquia, mientras que la fuente más importante de uranio está en el Congo Belga.

            En vista de esta situación usted podría considerar que es deseable tener algún tipo de contacto permanente entre la Administración y el grupo de físicos que están trabajando en reacciones en cadena en los Estados Unidos. Una forma posible de lograrlo podría ser comprometer en esta función a una persona de su entera confianza quien tal vez podría servir de manera extraoficial. Sus funciones serían las siguientes:
a)      Estar en contacto con el Departamento de Gobierno, manteniéndolos informados de los próximos desarrollos, y hacer recomendaciones para las acciones de Gobierno, poniendo particular atención en los problemas de asegurar el suministro de mineral de uranio para los Estados Unidos.
b)      Acelerar el trabajo experimental, que en estos momentos se efectúa con presupuestos limitados de los laboratorios de las universidades, con el suministro de fondos. Para lograr esos fondos es necesario el contacto con personas privadas que estuvieran dispuestas a hacer contribuciones para esta causa, y tal vez obtener cooperación de laboratorios industriales que tuvieran el equipo necesario.

Tengo entendido que Alemania actualmente ha detenido la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia, las cuales han sido tomadas. Puede pensarse que Alemania ha hecho muchas acciones, porque el hijo del Sub-Secretario de Estado Alemán, von Weizacker, está asignado al Instituto Káiser Guillermo de Berlín donde algunos de los trabajos americanos están siendo duplicados.

            Su Seguro Servidor,
            Albert Einstein


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2011      “Einstein le sugiere a Roosevelt qué hacer”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 39, p. 21.

ASESINATO DE JAVIER HERAUD

ASESINATO DE JAVIER HERAUD[1]

En 1963, a los 21 años de edad, el poeta peruano Javier Heraud muere alcanzado por balas explosivas en el río Madre de Dios. A los 18, Heraud había publicado “El río”, un poemario con el que sorprendió a los críticos y obtuvo un premio importante. Había ingresado a la Facultad de Letras de la Universidad Católica con el primer puesto y, entusiasmado por la experiencia cubana, marchó a La Habana para estudiar cinematografía. Allí fue persuadido de que la única salida para América Latina era empezar, por la fuerza, una nueva liberación. Su intentona fue conmovedoramente ingenua y, en la práctica, suicida. Pero su muerte fue una vergüenza más para la democracia oligárquica que hoy parece reinar, otra vez, sin sobresaltos. La prensa conservadora se ensañó con su muerte y hubo quienes festejaron abiertamente. El padre de Heraud envió esta carta para expresar su dolor.

            Lima, 23 de Mayo de 1963
            Sr. D. Pedro Beltrán
            Director de “La Prensa
            Ciudad

            Muy distinguido señor:

            Le agradecería tuviera a bien disponer se publicara la declaración que formulo con referencia a los sucesos ocurridos en Puerto Maldonado en donde perdiera la vida mi hijo el poeta Javier Heraud Pérez.

            El sacrificio de mi hijo Javier ha sumido a mi familia en el más profundo desconsuelo, tanto por la forma como ha desaparecido como por la pérdida de una promesa para la cultura y el pensamiento de mi patria.

            Nosotros sabíamos que nuestro hijo Javier estaba hondamente preocupado porque aspiraba a tener una vida útil y creadora. Lo prueba sus libros de poemas, pero nunca supimos que él pensara, al irse a Cuba, en otra cosa que estudiar cinematografía. Por eso las noticias de Puerto Maldonado nos fulminaron, y yo fui al lugar de los hechos porque me resistía a creerlos. Allí tuve la trágica certidumbre de la muerte de Javier. Pero mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi hijo, que había ido allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves peligros con el más absoluto desinterés, había sido víctima de una cacería inhumana. Cuando, inerme en una canoa de tronco de árbol, desnudo y sin armas en medio del río Madre de Dios, a la deriva, sin remos, mi hijo pudo ser detenido sin necesidad de disparos, más aún por cuanto su compañero había enarbolado un trapo blanco, no obstante eso, la policía y los civiles a quienes se azuzó les disparaban sobre seguro, desde lo alto del río, durante hora y media, inclusive con balas de cacería de fieras.

            Cuando el compañero de mi hijo gritó: “No disparen más”, estando ya cerca de la ribera desde donde les disparaban, y según versiones orales que he recogido en la población, un capitán gritó: “Fuego, hay que rematarlos”. Un teniente, más humano y más respetuoso de las leyes de la guerra que prohíben disparar contra el enemigo inerme y herido, contuvo el fuego, pero ya era tarde. Una bala explosiva había abierto un boquete enorme a la altura del estómago de mi infortunado hijo y muchas balas más se habían abatido sobre el cadáver de mi hijo, que con sus 21 años y sus ilusiones, había tratado de hacer una incitación para que cesen los males que según él, debían desterrarse de nuestra patria.

            Las leyes de la guerra prohíben el empleo de balas explosivas. Ya se ha desterrado definitivamente de las prácticas el ensañamiento con el vencido. Y las leyes humanas y sociales impiden soliviantar a los civiles para abrumar al vencido. El Perú, que siempre en la guerra fue tan generoso como Grau con sus adversarios, habrá de mirar con unánime repulsa estos graves hechos y es de desear, para que no se abra un sombrío e impune antecedente de crueldad que podría no cerrarse nunca, se haga cumplir sanción y justicia al desatado furor fratricida que ha tenido como escenario un claro río de nuestras montañas y como víctima a un mártir adolescente traspasado de ideales generosos.

            Para nuestra familia, sin distingos, nuestro Javier es el símbolo de la pureza y del sacrificio.

                                                                                  De Ud. Muy atentamente.
                                                                                  JORGE A. HERAUD CRICET 


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2011      “Asesinato de Javier Heraud”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 37, p. 19.

jueves, 5 de mayo de 2011

“ES USTED EL HIJO DE UN TRAIDOR”

“ES USTED EL HIJO DE UN TRAIDOR”[1]

La rabia de José Santos Chocano no descansó hasta matar de un balazo a Edwin Elmore, a quien unas horas antes había enviado una carta violenta y calumniosa. Chocano había reaccionado de un modo tan feroz a un artículo que Elmore había enviado al diario “La Crónica”. Clemente Palma, que había decidido no publicarlo para no enfrentar las iras de Chocano, tuvo tiempo, sin embargo, para enviárselo al poeta que el presidente Leguía había coronado con laureles. Chocano, tras insultar por teléfono a Elmore, redactó la primera carta que aquí publicamos. La segunda carta salió de la pluma de Elmore y fue hallada, junto a otras copias, en uno de sus bolsillos. Chocano y Elmore fueron a “El Comercio” a dejar sus respectivas comunicaciones y allí, en el vestíbulo, se encontraron e intercambiaron insultos. Chocano sacó un revólver y disparó sobre el cuerpo de su rival, que murió horas más tarde en una clínica. La polémica había empezado con un intercambio de pareceres respecto de la necesidad de unir a la América Latina en torno a algunos objetivos de justicia y progreso –tesis que irradiaba desde México José Vasconcelos y que Elmore propagaba en Lima- frente a aquellos que, con ciertas razones, esperaban la solución de los conflictos pendientes –entre ellos el causado por la apropiación ilícita de Chile de territorios que en ese momento incluían todavía a Tacna- para empezar a hablar de integración. Pero la soberbia de Chocano y la beligerancia de Elmore convirtieron en hecho policial lo que pudo quedar en una diferencia de ideas. Chocano fue irremediablemente callanezco al hablar de “la traición de Elmore en Arica”, aludiendo así al hecho de que el minado del morro de Arica quedara sin explotar a la hora de la batalla. No hubo tal traición. Lo que pasó fue que los materiales empleados por el ingeniero Teodoro Elmore estaban caducos o eran de pésima calidad.

            Ciudad, 31 de octubre de 1925
            Edwin Elmore.
            Desgraciado joven:
            Aunque no tiene usted la culpa de haber sido engendrado por un traidor a su patria, tengo el derecho de creer que los chilenos le han pagado a usted para insultarme, como pagaron a su padre para que denunciara las minas que defendieron el Morro de Arica. Si a todos los peruanos les es esto familiar, a mí especialmente por mi condición de autor de “La Epopeya del Morro”. Vive usted ahora del dinero que le produjo al padre suyo la infamia que cometió y de él se vale para hacer “paseítos” en busca del artificio de un prestigio de “correve-y-dile” de afectismos explotadores y fraternidades imposibles entre verdugos y víctimas, como Chile y el Perú.

            Fue usted uno de los primeros en venir a adularme en cuanto volví al Perú. Hasta se propuso poner en práctica una fórmula que redactó, que me consultó y que nadie aceptó, porque sus mismos compañeros lo tenían en ridículo, con excepción de quien como el amariconado Beltroy –otro adulador mío- es más ridículo todavía si cabe.

            Pequeños farsantes todos ustedes. ¡Generación de cucarachas brotadas en el estercolero de la oligarquía civilista! El jefe –el paparruchero y charlatán Belaunde-, hijo de un defraudador de la Hacienda Pública. Usted, hijo de un traidor a su patria. El Beltroy, hijo de padres desconocidos. Representan ustedes la hez de los intelectualizantes de este país, que necesitaría tener para una semana en el Gobierno no a una amable persona, sino a un Hombre justiciero como yo, que acabaría sin piedad con la “raza de víboras” que sienten en sus venas correr el lodo en que se encharcaron sus padres.

            Debe usted a Clemente Palma la vida, porque si sale publicado su articulejo de mayordomo o cochero de los que algún valor personal o intelectual siquiera tienen, le hubiese yo, sin el menor reparo, destapado los sesos con la misma tranquilidad con que se aplasta una cucaracha metamorfoseada en alacrán. Ni usted ni nadie me conoce aquí todavía en la debida forma. ¡Ojalá me brindase usted, desgraciado joven, esa oportunidad!...

            Entienda usted que si no se apresura a escribirme dándome plena satisfacción, seré yo el que publique esta carta –cuya copia me reservo-, y cuando le encuentre le escupiré la cara, para que si osa levantarme la mano destaparle los sesos. ¡Un peruano por quien un Rey, diez Gobiernos y tres Congresos se interesan, insultado por el hijo del traidor de Arica! Miserable. Como he aplastado a Vasconcelos te aplastaré a ti, si no te arrodillas a pedirme perdón. Yo para usted no podría ser sino su patrón.

                                                                                                                      J.S. Chocano.

            Lima, 31 de octubre de 1925
            Señor José Santos Chocano
            Ciudad
            Hace pocos momentos ha cometido usted la villanía de preguntarme por teléfono –poniéndose así a cautelosa distancia- si soy hijo de don Teodoro Elmore, calificándole usted de “Traidor de Arica”, dando así una prueba de ignorancia de la historia patria y de miseria espiritual muy grande.

            Ha pretendido usted vengarse de la defensa que he hecho del idealismo hispanoamericano, estúpidamente atacado por usted. En el Perú todos nos conocemos, y la conducta de mi padre ha sido juzgada honrosamente por propios y extraños. Precisamente en Arica fue donde el temple moral y las capacidades técnicas de mi padre –a tono con el espíritu de su época- se pusieron en evidencia; y sólo lo más bajo y ruin que hay en el alma humana pudo buscar en un hombre tan puro y valeroso como él, la víctima propiciatoria de esa desgracia nacional.

            El hombre es responsable únicamente de sus actos, y si descendiera a juzgar los de usted demostraría a los pocos que aún lo ignoran, que usted, en sus actos públicos y privados, se ha conducido siempre como un perfecto miserable.

            Le advierto a usted que no le he pegado de sopapos por despreciarle demasiado, y que si usted en cualquier forma se dirigiera a mí, en el lugar en donde lo hallare le escupiría la cara.

                                                                                                                      Edwin Elmore


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2010      “Es usted el hijo de un traidor”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 21, p. 22.

miércoles, 4 de mayo de 2011

CUANDO EL COMERCIO ERA NAZI

CUANDO EL COMERCIO ERA NAZI[1]

Desde finales de 1935 hasta comienzos de 1937, como nos lo recuerda José Ignacio López Soria en su libro “El pensamiento fascista”, el periodista Carlos Miró Quesada Laos, alias “Garrotín”, tan identificado con “El Comercio” que llegó a ocupar allí puestos de importancia, escribía cada domingo en ese diario una sección que se llamaba “Problemas del mundo”. El 15 de diciembre de 1935 Miró Quesada publicó este imborrable artículo de estirpe nazi al que tituló, con exactitud, “Mi lucha”. Miró Quesada Laos no fue el único fascista que escribió en “El Comercio” de aquella época. “El Comercio” acogió a toda una canalla intelectual identificada con Hitler y Mussolini y lo hizo con entusiasmo y sin tomar distancia alguna. Entre ella destacó, con brillos inocultables, aparte de Miró Quesada Laos, ese fascista del rosario en mano que se llamó José de la Riva Agüero, el padre espiritual del cardenal Cipriani. Leamos por ahora a Miró Quesada Laos y encontrémonos, cara a cara, con el pasado de un diario que pretende ser ejemplo permanente de amor por la democracia. El diario que hace poco visitara Alan García sin saber que en la hemeroteca donde adulaba a los Miró Quesada yacían papeles tan hediondos como el que aquí presentamos.

“… No pretendemos presentar al público la figura de Adolfo Hitler. Sería tarea vana… Hitler y Mussolini han sido los iniciadores de un gran movimiento social. Se explica que el marxismo, que aparenta desdeñar todo lo viejo, sienta un odio invencible por ambos caudillos. La campaña marxista tiene un siglo. En cambio, el movimiento que preconizan ambos conductores de masas nació después del armisticio… Creemos que son las dos figuras más interesantes de Europa y será difícil que otro hombre les dispute en breve su fama. Hasta hoy Mussolini y Hitler aparecen como los genuinos exponentes de una evolución profunda, de un cambio de métodos y de ideología perfectamente sorprendentes… Fueron, pues, productos contemporáneos de un anhelo, abanderados de un deseo, sentido por enormes multitudes, que no sabían fijamente lo que querían, pero que presentían una reforma. Por eso triunfaron. Adivinaron y encauzaron los sentimientos de sus pueblos y procedieron con oportunidad… Mussolini y Hitler llegaron a tiempo y tuvieron el valor de llamar a las cosas por sus nombres; de allí que impusieran sus nuevas tendencias… Pero entremos al análisis de ese interesante libro, Mi lucha, del que es autor Adolfo Hitler… Mi lucha está bien escrito, tiene vigoroso sentido de polémica y pronunciado carácter de divulgación. Agresivo en algunos momentos, se torna luego sereno y enjundioso y penetra al fondo mismo de los problemas. Adolfo Hitler, el jefe supremo del socialnacionalismo, nos cuenta la trayectoria de su apasionante vida pública. Libro autobiográfico, se convierte en el recuento de la historia de Alemania. Según afirma el dictador, su vida política se inició el 11 de noviembre de 1918; ese mismo día se derrumbaba el Imperio. Quiere decir, pues, que del Armisticio nacieron Hitler y la nueva Alemania. El uno fue el conductor de la otra. País y hombre se identificaron con el destino. El pueblo tuvo su caudillo, el caudillo tuvo su pueblo. La derrota los juntaba, y a despecho de la colosal resistencia de los elementos que encarnaba el viejo régimen carcomido y triste, y de la embestida comunista, surgió la “svástica” para poner en fuga, a la vez que al trapo rojo, que recorrió triunfalmente las calles de las ciudades alemanas, a las bandera imperial, que mordió el polvo en Verdún y fue hecha jirones en el Marne…”

“Y Hitler lo dijo desde el comienzo. Nunca habló de libertades ni de democracia. Condicionando todo en provecho del Estado, representado por un Dictador, expuso sin ambages que un freno sería puesto a todos los ciudadanos. Sus declaraciones fueron juzgadas cínicas. Quizás lo fueron. Pero en medio del cinismo encontramos una enorme virtud. Quienes se enrolaron dentro del social-nacionalismo no podían llamarse a engaño. Supieron muy bien que la democracia, y con ella el Parlamento, su expresión más genuina, iban a desaparecer el día del triunfo… Las frases de Hitler son verdaderas sentencias que impresionan y hacen pensar. Se diría que forman un verdadero y saludable catecismo político. Su aversión a la cobardía la que desgraciadamente tanto abunda en los partidos burgueses, se repite, infatigablemente en Mi lucha. Su espíritu audaz reniega de los tímidos. Y tiene razón, ya que de ellos nada bueno puede esperarse… Hitler dedica varios capítulos a la cuestión judía y con esto a la raza. Para nosotros, que vivimos tan lejos del mapa europeo, quizás nos parezca extraña su fobia incontrolada. Pero el Führer da sus razones. Para él, los judíos son causantes de todas las desgracias y en especial del comunismo. En este último aspecto no podemos menos que darle un poco de razón al jefe nazi. Si recorremos la lista de los demagogos y agentes rojos, veremos que los judíos se cuentan en número muy crecido. Hitler, enemigo del comunismo, no podía olvidar la participación de los judíos en esa pavorosa matanza que tiene su cuartel general en Moscú… Este es en síntesis Mi lucha de Adolfo Hitler. Su importancia es grande y cada vez más trascendente. Hoy que Hitler ha llegado a la cúspide de su carrera política, el libro escrito en la mazmorra, durante las horas adversas, adquiere caracteres de profecía y de indomable esperanza en la victoria. Y es tan cierto todo lo que decimos, que basta para probarlo el encono que los antinazis han llegado a sentir por Mi lucha. Después de atacar el libro, han ido hasta querer negar a su autor, diciendo que Hitler no lo ha hecho. Quizá lo consideren demasiado bien escrito, lo que después de todo constituye un elogio. Mi lucha es el compendio de la reciente historia alemana y la nítida exposición de un programa social. Tiene como meta una reforma y como pilares dos principios: nacionalidad y patria. Con ellos comenzó el camino al triunfo, de ese triunfo que puede llegar a conclusiones cada vez más grandes e insospechadas”.[2]


[1] HILDEBRANT EN SUS TRECE
2010      “Cuando El Comercio era nazi”. Hildebrant en sus trece. Lima, año 1, número 18, pp. 27.
[2] Para mayor información ver:
LÓPEZ SORIA, José Ignacio
1981      “El Pensamiento Fascista”. Lima-Perú. Mosca Azul Editores. Primera Edición, pp. 220 – 228.